Comprendiendo a emprender

Rueda Larmahue

Image via Wikipedia

Cuenta la historia que, hace muchos años acudió hasta la morada del Gran Maestro Zen un joven que deseaba llegar a obtener el status de Gran Maestro y, allí se presentó a adquirir los conocimientos que aún tenía pendientes…

El Gran Maestro Zen preparó una gran olla de té y comenzó a servirle mientras pedía a su discípulo le mostrara los conocimientos que tenía… El discípulo comenzó inmediatamente a recitar todo el conocimiento escrito y oral sobre la sabiduría Zen. Mientras esto hacía, el Gran Maestro Zen comenzó a llenar de té la taza del discípulo, cuando ésta quedó llena el té comenzó a salir de la taza y mojar el mantel, la mesa, el suelo… Mientras el discípulo seguía demostrando su conocimiento… Cuando el té se hubo acabado en la olla, el Gran Maestro Zen se levantó y le dijo a su discípulo: “No mereces ser discípulo Zen, has visto cómo llenaba tu taza y, cuando la has visto llena y por tanto habías asegurado tu ración, has permitido que se derramara el resto, sin importarte que yo no pudiera disfrutar mi té y, lo que es peor, que se manchara la alfombra sobre la que estamos sentados.  Márchate y olvídate del conocimiento Zen, eres un tiburón y tu lugar no está aquí, no comprendes lo que has aprendido ni saber ponerlo en práctica, de otra manera habrías actuado distinto…”.

El alumno que, en toda su vida no había hecho otra cosa que aprender de memoria la sabiduría Zen, y por lo que era la admiración de padres, compañeros de estudio, profesores y demás, no podía comprender semejante actitud y pensó “quizá su enfado se deba a que he olvidado algo…” Y, haciendo caso omiso del Gran Maestro Zen comenzó de nuevo su demostración… El Gran Maestro Zen dijo “… a la mierda!” Y marchó a pasear…

Caminando encontró un gigante que llevaba sobre su espalda una gran roca, la subía hasta lo alto de la montaña y, desde allí la dejaba caer (sí, se llamaba Atlas, efectivamente…) El Gran Maestro Zen que le observó durante un rato, no creía lo que se mostraba ante sus ojos… “¿Qué objeto tendría tal derroche de energía…? ” Y le planteó esta pregunta al gigante quien le contestó “Cuando dejo caer la roca y llega al valle genera un temblor que, según los habitantes de allá abajo les resulta bueno para la circulación” “Ah…, y por qué no dejas de hacer algo tan absurdo y que te está consumiendo tu vida? Al fin y al cabo, los habitantes pueden mejorar su circulación controlando los alimentos que ingieren…” El gigante contestó “Pues, es que siempre he hecho esto y, las cosas son así…” El Gran Maestro Zen abrió los ojos y observó a su alrededor… “Mira, la roca ha dejado un surco con el paso del tiempo que llega hasta el valle y, aquí hay una fuente, si creas un canal hasta el surco podrás llevar el agua hasta el valle y, vivir de cobrar por su consumo….” El gigante miró atónito y, aunque no comprendió, sí fue capaz de ver que lo que estaba haciendo hasta ese momento era una triste manera de vivir su vida y su destino. Pidió pues ayuda al Gran Maestro Zen quien, percibiendo que el gigante sí le había entendido, le ofreció todo su apoyo y sabiduría. Juntos lograron realizar un gran trabajo, llevando el agua hasta el Valle para gran alegría de sus habitantes. Éstos reconocieron el mérito del trabajo realizado y, se dieron cuenta de cómo la decisión del Gigante de lleva adelante un cambio en su modelo de vida, había terminado siendo beneficioso para él, y para toda la socidad

Cuando llegó el momento de la despedida, cuando el Gran Maestro Zen decidió volver a su morada, el Gigante le preguntó  “… y cómo puedo agradecerte tu ayuda, por mi nueva vida independiente, autónoma y que me permite autorrealizarme y ser más feliz y más persona..?”  El maestro contestóo “Ve a mi morada y, si ves un joven sentado, recitando solo, échale ésta piedra a la espalda, que cuando yo llegué ya lo le explicaré qué tiene que hacer con ella… “

Años después, sentado en una sombra junto a la orilla del plácido río, el Gran Maestro Zen pensaba “pues realmente sí que es bueno para la circulación esto de que tiren la piedra rodando…” Mientras lo pensaba, observaba cómo su alumno volvía a subir la gran piedra cuesta arriba, recitando una y otra vez, los conocimientos que tenía. El Gran Maestro Zen le observaba con melancolía pensando “Está claro que el chico tiene buena memoria, pero me temo que no hay manera de conseguir nada más de él, imposible hacerle ver cosas nuevas o distintas, pensar diferente, buscar alternativas. Lo dices lo que tiene que hacer y lo hace, le dices lo que tiene que aprender y lo aprende; pero nunca va más allá…, ¿quién le dará de  comer cuando yo no esté…? Bueno, quizá cuando le entre el hambre se pregunte por qué está subiendo una piedra por la montaña, mientras repite una y otra vez la misma cantinela Zen…”

Y, colorín colorado, la circulación se le ha mejorado (esta es la moraleja, no hay ninguna otra en esta historia….)

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